Aliento

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Una ruta más allá de lo habitual, atravesando fronteras.
¿Dónde empieza el papel educador de la humanización? ¿Cuál es el límite?
¿Hasta dónde alcanza el proceso de empoderamiento y libertad dentro de una cultura de paz y respecto? ¿Hasta qué punto una sociedad puede quedarse de brazos cruzados esperando por un momento colectivo de lucidez, que vea que la resignación del oprimido es solamente una máscara infeliz de supervivencia?

Una mujer dirige catorce hombres en una obra que cuestiona la fidelidad a Shakespeare, la causa de empoderamiento femenino y la tolerancia, respeto y diversidad de las relaciones homoafetivas. La arriesgada puesta en escena, propuso una dramaturgia muy estructurada con textos formales, quebrados por un TDT, con entradas irónicas, resultando así en una comedia liviana, de sutil compromiso social y de gran formato escénico, donde la comicidad tierna convive en contraste con la fuerza de los discursos narrativos.

Escenario y sala se mesclan y el gran teatro nacional pierde su característica gigante con la disposición de tres bandas, utilizada para acercar el público. Hilos con luces colgadas garantizan una ilusión del techo más bajo, regalando al público una sensación de acogimiento. Todo ya estaba en el escenario y casi siempre los actores se cambiaban a frente del público, resultando en una estrategia de distanciamiento. En contra de eso, la interpretación visceral y los diálogos extremamente emocionantes, cuyos cotejos de saliva se veían salir de la boca de los actores, ponían el público en una atmósfera de ilusión, cuya atención era total.

Los seis vestidos colgados, incluyendo el de novia, en el inicio del primer acto; y luego, los vestidos negros, trajes de luto, en el inicio del según acto; jugaron con el imaginario del estigma femenino, casi como un ritual, como los hombres en el escenario, de forma muy respetuosa se acomodasen de la mujer existente en los vestidos, símbolo de la feminidad. El vestido de novia en el punto más alto, bajó y subió, así como un padrón estético ideológico, ya aceptado automáticamente por la sociedad. El propio peine que baja ofreciendo el contenido de la escena automatiza el acto, y a distancia, nos pone a pensar. Así mismo, en un estilo de contradicción coherente, el restante del vestuario, de los actores que hacían el teatro dentro del teatro, seguía la misma unidad, mientras los otros, que no entraban en escena, vestían ropas rutinarias, de estilo informal, y muchas veces, eran confundidos con el propio público, hasta porque se hacían también de público de la propia obra.

El ambiente sonoro fue generado por una banda en vivo, composta por los propios actores. La música fue un elemento de involucramiento desde el inicio, hasta el cierre de la recepción y la selección sonora utilizada no seguía un padrón de época, mismo con los textos de Shakespeare, más bien presento un mix musical, muy creativo. Con todo, el tema del micrófono no favoreció la actuación, pues que no se escuchaba el mismo padrón de todos los micrófonos, y muchas veces el sonido estaba sofocante y no se identificaba con facilidad la fuente del mismo, mucho más con el uso de máscaras. Los diálogos rápidos y la proyección de voz eran por veces envolventes y dinámicos, aunque por períodos muy largos, principalmente para un espectador no amante de Shakespeare.

Los diálogos masculinos estaban siempre de contra la libertad femenina; sin embargo, no estereotiparon de manera vulgar a las mujeres, todo se dio de forma muy sutil. “Un esposo” era una frase muy recurrente. Las mesclas de soliloquios y pequeños monólogos, en entre los diálogos funcionaban como un acuerdo con el público y momentos de silencio hablan con la interpretación, con las miradas compartidas con el público.

La iluminación jugó con ilusión escénica y extra escénica, marcando el teatro dentro del teatro. Luces difusas contribuían con la construcción de un ambiente improvisado, mientras se percibió focos de luces en tonos azul, negro, amarillo para la construcción de climas específicos, como el funeral de la protagonista.

Ironía; Prudencia; Inseguridad; Diversión. Características presentes en una tragedia cuya comedia sirvió de vehículo para el protesto, representados también en las tradicionales máscaras. “Las cosas son así, cuando perdemos es que estimamos las virtudes. A veces es necesario morir para vivir.” La dramaturgia jugó con la distorsión del discurso por las autoridades, con una travesura divertida de palabras. “Ordeno que acusen… las cosas son el revés de lo que se dicen.”

La mezcla de textos de Shakespeare no cambió el sentido del amor, de la comunicación, de la corrupción. Las organizaciones de los sentimientos humanos cruzan caminos de malicia y están rehén de la propia falencia del carácter y de la apariencia. “Una Hero murió ultrajada, pero yo vivo. A la mierda con Shakespeare”. Así que una sutileza de militancia rasga la tela de la hipocresía con tiernos besos entre hombres, mientras personajes y mientras actores mismo. Una catarsis de luz. Un alentó frente a opresión. Una misión social.

 

Carla Saul Garcia Marcelino

FICHA ARTÍSTICA:

  • Obra: Mucho ruído por nada
  • Dirección y adaptación: Chella de Ferrari
  • Director asistente: Fernando Castro
  • Dramaturgia: William Shakespeare
  • Producción: Natalia Urrutia
  • Elenco: Paul Vega, Pietro Sibile, Rómulo Assereto, Sergio Gjurinovic, Ricardo Velásquez, Javier Valdés, Carlos Tuccio, Ismael
  • Contreras, Luis Sandoval, Óscar López-Arias, Emilran Cossío, Pablo Saldarriaga, Rodrigo Sanchéz Patiño, Clareta Quea
  • Director Musical: Santiago Pillado-Matheu
  • Diseño de Escenografía: Luis Alberto León y Chella Ferrari
  • Diseño de vestuario: Gustavo Valdéz
  • Diseño de iluminación: Jesús Reyes
  • Producción: Jordana Cova
  • Asistente de producción: Andrés Caquimbo
  • Tour manager: Roxana Rodriguez