Mar, Teatro de los Andes

Creación colectiva de Teatro de los Andes y de Arístides Vargas 

El mismo título de por sí nos presenta dos incidencias difíciles de pasar por alto. La primera es que viniendo la obra de donde procede, Bolivia, un país en donde no hay acceso al mar gracias a la Guerra del Pacífico con Chile (1879-83) en la que, con su derrota al diezmarse su territorio, perdió irremediable y al parecer irreversiblemente, la salida al mar, la obra de manera directa y reiterativa no deja de hurgar en una herida que no se ha cicatrizado aún en el imaginario colectivo de su pueblo.  La segunda es que el autor y director invitado, Arístides Vargas vuelve con esta obra a uno de sus tópicos favoritos, el mar y sus misterios, contando en su repertorio con una Antología dedicada al mismo (Tres piezas del mar, 2003) que podría ser el núcleo del que parte para la construcción de algunos de los personajes y motivos de esta obra. Allí está el arquetipo del militar en bancarrota, el niño que se metió el mar al bolsillo, el desierto que antecede al mar, entre otros. El feliz matrimonio que resulta de este vínculo entre la agrupación teatral y el dramaturgo argentino nos regala una obra singular que se afianza en una realidad muy propia anclada en la circunstancia asfixiante de haber perdido Bolivia el acceso al mar. Como para que no quede la menor duda, también se menciona la Guerra del Chaco con Paraguay (1932-35) que diezmó su población de la que tampoco los muertos volverán.

La fábula de la historia se basa en tres hermanos—Juana, Miguel y Segundo—que tratan de llevar a cabo el último pedido de la madre moribunda de ser llevada en andas, atada a una puerta, al mar para reposar allí eternamente. No hay que ir muy lejos para darnos cuenta de que la madre se convierte en la metáfora de la patria entera, cuyo peso agobiante descarga sobre los hombros de sus descendientes sin contemplaciones. Más allá de ser “un fantasma que satura las fosas nasales”, no toda su prole (léase nación) comparte la misma opinión sobre el mar. “No es necesario tanta agua”, argumenta uno de los hijos y el otro repara: “es necesario olvidar”. De paso, este mismo sentimiento disonante se evidencia al evocar a la madre (patria) que protegió a algunos y golpeó a otros, sin dejar a un lado la referencia a las guerras fratricidas que han asolado al país.   El cómo, el cuándo, y el ¿quién tuvo la culpa? del descalabro bélico con el país vecino son temas tratados desde ángulos diferentes. Casi todo gran autor que se respete, y somos conscientes de que aquí se trata tanto de un grupo icónico latinoamericano como de uno de nuestros grandes dramaturgos, como sugerimos arriba establece una relación intertextual con su propia obra. Usando una estructura episódica, el texto regresa a personajes como es el militar quien toma té con su al parecer indiferente esposa (lo que para empezar “no es para varones”) estableciendo un diálogo de sordos en los que con sus preguntas retóricas llega a la conclusión de que “por confiados, buenas gentes y huevones” se quedaron sin mar. De igual manera, los personajes típicos bolivianos que surgen de detrás de la puerta cuando es golpeada, nos recuerda a los que yacían en el subsuelo y conversaban con los personajes en Las abarcas del tiempo, de Cesar Brie, una de las primeras obras del grupo, apuntando a un pueblo que ha sido víctima de las decisiones de sus gobernantes. Las escenas de los pequeños burgueses en los que fluye un lenguaje impregnado por la realidad de la tecnología que nos rodea, con GPS y celulares con los que “se fotea uno mismo”,  hace hincapié en la sordidez e hipocresía de una clase dirigente que siempre se acomodará al son que le toquen (“uno tiene que ser socialista una o dos veces al día”), ya presente en obras como El corazón de la cebolla, de Vargas, entre otras entregas suyas.   

El uso del lenguaje, por otra parte, es fundamental en el que se mezcla lo poético y lo narrativo—dentro de lo cual entra lo prosódico hasta convertirse en absolutamente coloquial—lo que nos remonta a los clásicos (pasando por Cervantes y Quevedo hasta el mismo Rabelais), con su consuetudinario apego a aunar lo trágico y lo cómico en una sola tirada. De paso, Alice Guimaraes tiene a su cargo las líneas más poéticas de la obra, mientras que Freddy Chipana y Gonzalo Callejas a veces establecen un dueto cómico con el que se brinda un resquicio de humor que el público agradece. La puesta en escena es fluida sin que el ritmo disminuya o caiga entre las transiciones, incluyendo la habitual interposición de las musicales (en este caso con toques  de acordeón) o en las que se sugieren efectos especiales para ilustrar el mar, con excepción de la última escena en donde el telón de fondo es levantado avanzando hacia la platea, simulando las olas del océano, que encontramos redundante y técnicamente mal resuelta (el rudimental manejo de la palanca que lo sube acrecienta el temor de que nos caiga encima).  

Para terminar, nos anima constatar que Teatro de los Andes sigue haciendo lo que desde un principio tenían claro, hacer un teatro que representara “una acción física en el territorio de Bolivia, y no solamente un pensamiento estético o una elección de tema”. En este sentido, ahora con la colaboración esencial de Vargas, sigue siendo un teatro de contenidos contestatarios, y sobre todo no conformista, cuyo objetivo se encauza hacia la memoria-historia tanto individual como colectiva de un pueblo para rescatar las particularidades que lo hace diferente de los demás a través de sus continuos avatares histórico-políticos, singularizado en esta instancia por su sempiterna lucha, tememos utópica, para obtener una salida al mar.

Beatriz Rizk