Metáfora de una ausencia

Crítica a la obra Mar
Por Percy Encinas C.

El solo hecho de programar a un grupo de la importancia cultural y envergadura estética de Teatro de los Andes, constituye un obsequio que uno agradece a priori. Pero que, además, esta ocasión coincida con uno de los más álgidos momentos de crisis que vive Bolivia, país de procedencia de este colectivo, devenía especialmente importante. Una oportunidad de probar que el teatro, cuando habla de los temas que le preocupan, siempre habla de su sociedad y de su época.

Los nombres cuentan, significan, evocan. Decir Teatro de los Andes y decir Arístides Vargas es construir una cadena que potencia la expectativa. Hacer una obra y llamarla Mar desde un grupo de teatro en Yotala (cerca de Sucre), también. Bolivia vive hace más de un siglo sin acceso al mar producto de una guerra asimétrica contra Chile pero sobre todo, y eso habría que decirlo siempre, contra el codicioso poder económico y militar de Inglaterra que, como se ha demostrado, fue quien urdió, financió e impulsó la invasión chilena en pos de las riquezas de salitre y guano de las que finalmente se apoderaron sus corporaciones.

La obra elige una metáfora que se hace potente. Tres hermanos reciben el pedido ineludible de su madre: llevarla sobre una puerta para ofrecerla al mar como último deseo de su vida.  “Es voluntad de nuestra madre ser echada a las olas”. Y ese pedido queda incrustado en medio de sus herederos como un ucase histórico, como un juramento que se potencia con la autoridad de la progenitora (y a través de ella de todas las progenitoras de la nación) y con la obligación afectiva que todo hijo respetable contrae con quien le dio la vida, más aún, en nuestras comunidades.

Ese es el disparador de la acción, del viaje que harán los hermanos con la puerta a cuestas y, sobre ella, con el cuerpo de su madre. Pero así como el pedido encarna una metáfora de misión impuesta a las generaciones actuales, la puerta misma será un elemento de sostén, de bisagra, de paso entre dos o más espacios representados pero también, constituida de tres maderos envejecidos, cada uno pintado con uno de los tonos desvencijados de la bandera boliviana, una unidad frágil, que varias veces durante la travesía se partirá en dos y a veces en tres partes, sugiriendo la habitual secesión, la recurrente desunión y confrontación entre sí de sus habitantes. Imposible no pensar en la actual crisis que enfrenta la Bolivia plurinacional: el teatro ha vuelto a demostrar su capacidad de señalar, de actualizar, de anticipar, incluso, los problemas sociales de su comunidad. Ha vuelto a demostrar su intrínseca politicidad.

La obra elige no explicitar los problemas contingentes de la discusión diplomática que ha escalado a niveles supranacionales. Opta, más bien, por escenificar la ausencia del mar que late como herida abierta aún en cada boliviano, a través del microcosmos familiar de estos hermanos andinos que deben recorrer las escarpadas montañas hacia ese destino nunca antes visto, solo imaginado y deseado con culpa. Pero también con una autocrítica severa que tramitan a través de la ironía y a veces la parodia: “hay que ser bien huevón para perder el mar”. “Aquí todo es teórico y abstracto, hasta el mar es teórico” y eso trae consecuencias crueles y patéticas: “…el grumete se fue de vacaciones a Iquique y se ahogó porque solo había practicado en mares teóricos”. Hasta relativizan la tradición minera boliviana endosándole esa obsesión: “Cavamos en busca de estaño, no, es en realidad para encontrar agua salada”.

Algunos de los momentos más eficientes que conectaron con el público lojano fueron las parodias. La de los militares que incluye a un corneta generó reacciones pero las más reveladoras además de graciosas fueron las de esos personajes afectados que, acaso, recrean ciertos sujetos de la sociedad boliviana, que en sus frívolas interacciones hablan de vacaciones y de jubilación, esos derechos que en muchos de nuestros países se han debilitado o nunca fueron alcanzados. Para concluir uno de ellos añorando a gritos ser marqués, pertenecer a la nobleza y llegar al cínico consenso de que “uno tiene que ser socialista unos dos o tres minutos al día”.

En el balance, las actuaciones intensas, lideradas por la energía y limpieza escénica de Alice Guimaraes, la textura poética de muchos pasajes, la escenografía mínima que apela a un manto gigante que se elevará como una ola y propondrá la sensación de haber llegado al destino, a pesar de ciertas reiteraciones, consiguen producir una experiencia poderosa que fue, con justicia, aplaudida de pie.

Percy Encinas C.