Inmensa travesía interior

Crítica a la obra Barrio Caleidoscopio
Por Percy Encinas C.

Pocas son las ocasiones en que con tan poco, se consigue tanto. Carlos Gallegos parece lograr la efectividad máxima con este espectáculo que ha compuesto bajo el título de Barrio Caleidoscopio. Y, efectivamente, como tal nombre sugiere, la obra nos da la ocasión de acompañar a su tierno y extraño personaje a una especie de tour de force desplegado con una minuciosidad en la que resuenan ecos proustianos.

Pero Alfonsito, el personaje de esta historia no está en busca del tiempo perdido sino, más bien, pareciera que busca un bien nunca alcanzado. Lo vemos emprender una travesía llena de obstáculos y peligros a pesar de sus tics, sus temores y sus obsesiones. Él inicia su lucha por salir a la calle, a por su objetivo emocional, a la conquista de su libertad, debatiéndose entre su miedo y su deseo. Y enfrentando a una serie de obstáculos, uno de los cuales es la puerta. En ese momento, el trabajo escénico ya ha instalado la mejor credencial de su absurdidad, su potente simbolismo, su categórica explosión de sentidos. Pero también la certeza de que estamos todos viendo, oyendo, sintiendo los múltiples elementos y atmósferas que nos ofrece la obra y que, en realidad, solo están hecha con sus manos, su voz, su gestualidad, un texto inteligente y sensible, auxiliados por un guion lumínico y musical atinados.

Alfonsito está compuesto por un actor que domina variadas técnicas con alta destreza, las del teatro físico, las del mimo corporal de Decroux, las del teatro gestual de Lecoq, la de la construcción de personajes a partir de la fisicalidad de animales. Que, además, tiene una voz y dicción capaces de trasmitir sentimientos, llenos de matices y giros con eficacia.

La dramaturgia es tan efectiva que nos permite viajar con el personaje por sus muchas peripecias que, muy probablemente, solo ocurren en su imaginación tierna, febril porque, en uno de los giros finales más sugerentes, descubrimos las dolorosas sujeciones que Alfonsito tiene embridadas en sus propias carnes y que solo le permitirían imaginar ese deseado encuentro con su amada Magalita, de quien quiso ser el primero en visitar su tienda para pedirle un pan (o dos, dependiendo de la economía mundial) con la calle aún vacía, para que el silencio y la soledad le sirvan de aliadas conocidas.

Percy Encinas C.