Sinfonía de lenguajes

Crítica a la obra Amazonas
Por Percy Encinas C.

Con idea original y dirección de Juana Casado, la compañía española Andanzas-TNT de Sevilla ha compuesto una pieza de alta potencia escénica. Ha reunido nueve artistas mujeres y un varón en escena: bailarinas, cantaoras, ejecutantes, actrices y, con mérito innegable, ha logrado una sinfonía seductora.

La obra lleva el nombre de aquel pueblo mitológico de guerreras, Amazonas, cuya búsqueda extrema de coherencia con su manera de vivir, de defenderse y prepararse para la batalla les llevaba a extirparse un seno para templar mejor el arco. Nos relata su historia beligerante y terrible en una alternancia de baile flamenco, percusiones, canto y enunciados dramáticos. La dramaturgia, a cargo de Luz Valenciano, ha optado por hacer énfasis en uno de los más crueles y antinaturales excesos de las pobladoras de esta comunidad: la draconiana expulsión de cualquier varón, a quienes usaban solo una vez al año en un rito de inseminación, para poder dar continuidad a su vida.

Es así como vemos pronto al personaje principal, encarnado por la bailaora (y coreógrafa del espectáculo) Rosario Toledo, finalizar un rito de parto. A diferencia de las otras mujeres, ella tuvo la mala suerte de parir un varón. Entonces, aunque intente persuadir a sus congéneres, expresando en palabras sentidas, suplicantes: “¡qué ley no se ha roto alguna vez!” y se activen alientos antigonales en este momento, como ocurre en otros pasajes de la obra, las feroces mujeres le exigirán el sacrificio. Unos mantos blancos con manchas de sangre serán flameados entonces y sabremos que lo implacable se ha impuesto de nuevo.

Los nueve tambores de aluminio sobre el escenario son uno de los elementos más notables: por su presencia pulcra y por su intervención épica. Sus sonidos urden algunos de los climas más trepidantes y se apoderan del ritmo cardiaco del público, imponiéndonos los compases a través de los cuales miramos, oímos, sentimos y pensamos la historia.

Hay otros elementos, sin embargo, que parecen sub utilizados, como las telas que podrían describir evoluciones más desarrolladas en la caja escénica dada la alta destreza de sus manipuladoras, la columnata que ocupa una buena porción del espacio, así como las varas que parecen menos precisas, menos sorprendentes en sus pases en los aires, comparadas con el virtuosismo que logran sus cuerpos y sus energías sobre las tablas del escenario, como cuando canta Inma, baila Rosario o Elisa lidera ese final de la obra que, de paso, sugiere el final del pueblo antiguo. El epílogo, además, invita al público a lecturas políticas sobre la justa medida del empoderamiento de la mujer. Aunque el mérito principal de esta sinfonía no son las individualidades que destacan por momentos sino la homogénea, afiatada coralidad de lenguajes y de artistas realmente entregadas sobe la escena.

Percy Encinas C.